Un diario casi completo escrito por Fernanda Sanz Villegas

Domingo 28 de junio de 2026

La tercera jornada empieza con una pareja real: ALEJANDRO GÁNDARA, el protagonista de la tarde y Nuria Labari que hoy actuará como presentadora. Para quien no sepa todavía quién es Alejandro Gándara, dice que se le estudia en el Bachillerato, como a Concha Espina o Álvaro Pombo. Lo define como un agitador cultural, creador de la Escuela de Letras y de la Escuela Contemporánea de Humanidades. Ha enseñado a otros como a mí, dice Nuria Labari, a Juan Gómez Bárcena o a  Esther López Calderón. Asegura que para quien considera la literatura como refugio o consuelo Alejandro Gándara no es ese lugar sino que él defiende la literatura desde un lugar muy activo, las palabras como rebeldía e insumisión y no se se dedica al entretenimiento.  Esta tarde nos presenta Textos robados a la felicidad.

Para empezar nos lleva al griego, lengua en la que casi todas las palabras que significan palabra también significan orden, mandato y realmente si uno da a leer un texto a alguien, ejerce poder sobre el otro, son pequeños decretos morales o civiles. Esta consideración cambia, por ejemplo la Biblia cristiana  estuvo  en el índex de la Inquisición hasta el siglo XVI. De pronto asegura una relación directa de la felicidad con la lectura, no por lo que se haya leído sino por cómo se haya leído y dice: «se puede ser feliz con todo y podríamos serlo con más facilidad si hubiésemos leído bien”. Pregunta Nuria Labari cómo ha elegido los 22 textos de este libro y la respuesta es que a veces la vida elige por ti y en otras ocasiones encuentras textos que te sorprenden. Con una vida entera dedicada al estudio de textos antiguos en hebreo o griego vamos a los del principio. Si nos detenemos en el de los días de la creación hebreo, ya había otro texto que hablaba de esto. «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Algo no debió salir bien porque todo era caos y confusión, hay quienes opinan que hubo otros mundos que destruyó porque no le satisfacían, aunque a este con el que nos quedamos al poco tiempo envió un Diluvio universal. Otros aseguran  que hubo una creación y luego la de los días, la luminosa, luego hay dos creaciones.

De igual modo cuando llega  a la creación del ser humano  de barro dice: «macho y hembra lo creó «, no  los creó. En otra versión la mujer es sacada de la costilla del hombre, esa es la que nos ha llegado, pero es lo mismo, son dos formas y un solo ser humano. Nombra a los clásicos, tanto autores como Epicuro o Safo como personajes como Edipo, Áyax, Job, Diotima, Ifigenia… Todos están para evitar el daño, no para adoctrinar.

Avanzamos hacia lo que llama «ética de la buena vida”. Parte de que el daño no se puede evitar, que hay gente que lo pasa mal a tu lado y te afecta, que a menudo entendemos que ser feliz es estar contento para lo cual  -bromea- sería más rápido y sencillo un litro de vino. Es verdad que la vida es inaceptable, es dolorosa y acaba mal, pero se puede ser feliz aceptando lo inaceptable: error, dolor y muerte. Aceptar lo que pasa como algo propio de la vida, asimilarlo y vivir con lo difícil, esto es lo que establece la diferencia con la resignación. Busca entre  las palabras antiguas y nos muestra eudaimonía, en griego entender de qué estamos hechos, asumir que la vida está atravesada de obstáculos y dificultades y que la felicidad es aceptar que es así y seguir hacia delante. Del latín nos trae otra, de la que viene feliz, felix que significa fértil. La persona feliz lo es por su cosecha, la cosecha depende de su naturaleza, del suelo en el que crece. En definitiva, nos propone «tener los recursos para aceptar que la vida es inaceptable».

Las palabras de Alejandro Gándara van calando como lluvia fina, sin darte cuenta te van empapando y luego, con tranquilidad y orden, habrá que dar vueltas y reflexionar sobre cada idea. Tenemos, si como yo no lo han conseguido todavía, una gran tarea por delante, la de la aceptación de lo inaceptable. Veremos. Cuenta Nuria Labari que estando un día en el Museo de san Fernando en Madrid ante una gran obra de cera con angelotes como volando, preguntaron cómo estaban esos angelotes allí y el experto contestó: están volando. Eso asegura que ocurre  con la lectura de este libro, vuelas con Edipo, vuelas con el Génesis… y nos lleva al final, al postfacio titulado 22 motivos para pensar  con el corazón. Propone un juego, ella leerá el principio de alguno de ellos y Alejandro explicará brevemente. Empezamos: «Querer saber lo que no puede llegar a saberse”. Nos amargamos la vida intentando entender por qué y no se puede. Por qué te echan del trabajo, un abandono amoroso.

«Juzgar para no juzgarse”. Estamos en una sociedad coñazo. Culpas al otro echándole tus errores. Viene de Edipo. Todo el mundo juzga a alguien, cuanto más mezquina y limitada es una persona más mezquindad y limitaciones habrá a su alrededor. Si pasas por cualquier lugar y escuchas, todo el mundo está hablando de alguien.  Es un ruido de palabras y juicios.

Felicidad es ir a la Maruca, solo silencio.

«Perdona pero no olvides.  El daño mata tanto como el amor”. Cuando hay dolor en las acciones nos  quedamos muy pegados a ello. Con una sonrisa, dice que en muchos matrimonios el dolor está más que el amor. Nos recuerda a Cioran  cuando escribía «el dolor nos apega más a la vida».

Y advierte de la necesidad de perdón para que el daño no ulcere la vida. «Parábola de los talentos”. Te juzgarán por lo que sabes. Cuenta el reparto de talentos y lo que cada uno de los hijos hizo con ellos.  Los dos primeros los multiplican, pero el último lo entierra y devuelve el que le entregó. Es reprendido por perezoso, por no hacer nada y la interpretación que nos llega es Dios premia a los buenos y castiga a los malos. No es eso lo que dice, es que sabes y no lo haces. «Que no se pudran dentro de uno mismo las buenas ideas».

En una entrevista de Yasmina Reza a Sarkozy, él decía: «Soñaba un partido y lo tengo, cargos ministeriales y los conseguí,  estar aquí… pero no estoy contento ya estoy en la presidencia,  no estoy antes”. Ya afirmaba Freud que no vamos a tener todo lo que queremos. El deseo es una forma de ensimismamiento. La mayor parte del tiempo estas dando vueltas dentro de ti mismo. Prueben a no querer nada y verán cómo viven tranquilamente. Me parece muy interesante esta recomendación de Alejandro Gándara. La frustración surge cuando no has aceptado que no has conseguido algo. Es la historia de Áyax, de Sófocles. Él lo llama locura. Creo que sentimos ya el aleteo  en la forma de pensar y jugar con las palabras de Alejandro Gándara y seguro que a más de un@ nos ha dejado el gusanillo de releer los clásicos y asomarnos a esta obra suya para descubrirlos con un guía excepcional.

En plena digestión de ideas llega VANESSA SPRINGORA que hablará con Laura Sañudo y va a ser traducida por Cristina Fuentes. Laura Sañudo presenta a la autora como editora,  escritora y cineasta. Formada en París y siempre vinculada al mundo del libro. Tiene dos novelas autobiográficas en las que se destripa, la primera El consentimiento  sobre el abuso sexual y psíquico que ejerció sobre ella un escritor. Cinco años después El nombre del padre , que hoy presentará aquí. Además tiene un ensayo sobre la identidad no traducido,  un cortometraje y es coguionista de la película que se ha hecho de su primera obra. En la portada del libro aparece el abuelo de Vanessa Springora con traje de esgrima y una esvástica. Preguntada por esa foto dice que una persona que siempre jugó al anonimato, ahora va por todo el mundo en la portada de este libro. El padre de la escritora, un padre ausente durante décadas, falleció cuando ella publicó El consentimiento y fue entonces cuando  encontró las fotos del abuelo. Al ver esas fotos  empezó a investigar. Su abuelo participó en la Segunda Guerra Mundial no como refugiado checo sino como voluntario nazi. Un libro complejo y difícil de clasificar, dice Laura Sañudo, en qué sección de la librería debería estar.

Vanessa Springora ve el libro como una muñeca rusa en la primera parte. Empieza con el nombre, su apellido que suena y ella siente como extraño. Habla de su padre, que sin estudios alcanzó cotas altas en el Ministerio, fracasó personal, profesional y socialmente, que acabó viviendo con su madre e inventando historias de su vida. Un hombre enigmático, rodeado de secretos y que la autora, a partir de la muerte de ese padre, empieza a reconstruir su historia partiendo de los archivos que encuentra, como esa  foto. Su imaginario personal es un poco novelesco. Hay investigación, algo de policíaca porque el libro va avanzando hasta llegar a la Historia con mayúsculas y acaba con una carta a su padre, como la carta de Kafka. Carta que no escribió porque su padre le aterrorizaba igual que a Kafka el suyo. Ante la pregunta de si hay una nueva Vanessa después del libro contesta que si el trabajo de escribir nos transforma es bonito.

Añade que hay una liberación por cómo ha impactado en la sociedad aunque las heridas se llevan de por vida. Ahora la transformación del apellido. Explica que su nombre cambió de Springuer a Springora. Su abuelo nació en los sudetes y en el año 38 solicitó el ingreso en el ejército nazi. Después  tuvo que cambiar la identidad para que sonara más checo y no tan alemán y cómo su padre entró en una  mitomanía por cambiar el relato. «Yo lo tomé por loco, luego tras la investigación hubo una reconciliación post mortem».

Nuestro nombre es lo que cada uno hace con él, dice, y entra en la cuestión de la identidad, del cambio de fronteras en Europa, de la convivencia de diferentes culturas. Expone su caso como  francesa, europea y ciudadana del mundo.»Tengo un hijo que es hijo de judío o sea conviven perseguido y perseguidor”. Heredamos una historia muy compleja. El apellido, continúa, nos proporciona dimensión espacial: una horizontal, la geografía y otra vertical, el linaje. En Francia el apellido de la madre desaparece con lo que los hombres transmiten el apellido a lo largo de la historia. Los apellidos son también la historia del nacionalismo. Cuando la Cultura se siente amenazada los nacionalismos son una lealtad al apellido y los hombres son llamados a filas y deben defenderlo. Aquí comparte una reflexión que arranca un aplauso de un público que contiene la respiración en una tarde difícil y dura. Dice: «El fascismo es  cíclico, es una patología del patriarcado. La raíz está en el patriarcado». Laura Sañudo hace una observación que la entrevistada define como interesante: “Cuando escribías el libro era la Guerra  de Ucrania, habla de antisemitismo, y no había empezado el genocidio de Palestina”. La reacción es rápida y clara: «El estatus de víctimas no nos impide ser verdugo. Se puede”. Comenta un documental de un director francoisraelí y el veía que estaban levantando muros y poniendo concertinas, identificándose con el agresor que habían tenido como pasa en muchos casos  de  pedófilos, los que han sido víctimas se convierten en agresores. Considera necesario llegar a la raíz del mal, porque a los árabes o musulmanes no se les acepta como ocurrió entonces.

Toca hablar de los instrumentos de adoctrinamiento de los nazis y en la actualidad las redes sociales, algunos Youtubers,  la meritocracia… Existen paralelismos entre las extremas derechas.

Dice que  en los años 20 y 30 no había  redes y se condicionaba a los jóvenes con cine o radio a través del deporte, por ejemplo su abuelo con la esgrima. Se echaba la culpa de todo a  los judíos igual que ahora ocurre con las migraciones. El empobrecimiento de los africanos es porque han sufrido la colonización de los europeos y estos países colonizadores apoyan dictaduras. Recuerda a todas las personas que duermen a diario en la calle por no tener papeles y nos encaminamos así  a un final desconsolado, pienso yo,  porque parece que cada vez nos alejamos más de alguna pequeña esperanza de solución para tantos problemas. Y de lo general del mundo a lo particular,  el relato de una vida, la de Vanessa Springora, en la que han coincidido las mayores crudezas  a las que puede someterse una vida. Acaba con una cita de Kundera: «Nadie  reparará las  injusticias que se   cometieron  pero  las  injusticias se olvidarán».

Me gustaría creer en que algo nos sirva para poder evitar que algunas se vuelvan a repetir.

Hay cosas inexplicables, al menos para mí. Una de ellas trasciende las palabras, es algo que me atraviesa, que me lleva en vuelos, que me abriga y revuelve, que me da serenidad y activa en las luchas. Es escuchar a  MARIO OBRERO. Le conocí en el programa de televisión Un país para leerlo y le he escuchado varias veces en directo, ninguna como esta noche. Los tiempos mágicos son urgentes, esta noche ha tenido la magia que necesitábamos para una tarde tan áspera. Está en el escenario con ELIA PÉREZ que canta y toca guitarra y violonchelo, exhiben una complicidad que nos va enredando y, de repente, somos presas de la sonoridad  de palabras  y música. Si la acción subversiva de la poesía es que ofrece un mundo en transformación, seamos subversivas. Si la poesía desagrada a quienes aspiran a vivir en un mundo dominado por la quietud, nos gusta este delicado y plácido movimiento. En la dedicatoria de este espectáculo que nos regala: «A quienes creen en la republicana agrupación de las palabras”. Nos sentimos todas incluidas.

Elia Pérez canta un trocito del bolero El compromiso, «nadie habló de enamorarnos, pero dios así lo quiso»… ya nos tienen rendidas. «No hay palabra donde no hay amor, no hay belleza donde no hay miedo”. Perfectamente hilado habla de los romances de las cárceles de mujeres de Ventas, El Dueso, el campo de  concentración de las  Caballerizas o la plaza de  toros y Elia Pérez nos, casi susurra: ”En el campo entre las flores/ te busqué y no te encontraba”. A lo que Mario contesta: “Una poeta es un ser que lleva cañamones en el calcetín».»La poeta crece en la lectura del garbanzo”. Y ella… deja de tocar y le dice seria: «Es que esto la gente no lo entiende”. Mario replica: “¿Y las cosas que pasan día a día son más comprensibles? Un genocidio, un crimen machista, brindar por la tempestad en el Ventorro, un desahucio, las muertes en las Residencias,… ¿es más comprensible? Sí, ahora entiendo este verso: «Por la historia no han hecho más que pasar mulas”. Como dice Mario Obrero, «La realidad no es más cabal que el poema”. Porque reivindica siempre la diversidad, y la Poesía es un ejercicio de Comunidad, bienvenidas todas las Palabras, los  idiomas, los  dialectos y los acentos.

 

Por «el sagrado río del tiempo» esto se va terminando, dijo al principio. ”Hemos venido a besar el aire» y nos vamos con un huracán de felicidad. Un último guiño a Alegría de José Hierro por su empeño en llegar por el dolor a la alegría. Paco Gómez Nadal echa el cierre con broche de oro: «que la vida sea esto, tiempos mágicos».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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