Un diario casi completo escrito por Fernanda Sanz Villegas
Lunes 29 de junio de 2026
La semana empieza con otro lleno total para escuchar a BRENDA NAVARRO que viene acompañada de Irene Tamargo, la encargada de guiar esta charla. Unas cuantas pinceladas sirven de introducción para presentar a esta escritora que desde su primer libro se convirtió en una voz contundente, que habla desde lo incómodo, lo que se queda fuera, que reconoce una fractura entre lo íntimo y lo político y aborda temas como la violencia, el desarraigo, la maternidad, el suicidio… Fundó Enjambre Literario, un proyecto que busca publicar y difundir la obra de mujeres. Ha recibido el Premio Tigre Juan y el Cálamo y su última novela podrá ser vista en las salas de cine. En Casas vacías, señala Irene Tamargo, se habla de la maternidad, de la culpa, la violencia organizada, tal vez se plantea la maternidad como un lugar idealizado y se pretendía romper mitos. Brenda Navarro asegura que no quería romper nada, únicamente escribir una novela que tratara de las desapariciones y de las mujeres que nacen , van creciendo y, en muchos casos, después de un tiempo dejan de tener un nombre para convertirse en ‘madre de’ o ‘hija de’. Dice que esto de la maternidad se lo hicieron ver sus lectoras y lo agradece.
Volviendo al mito de la maternidad defiende la posibilidad que le da la ficción de crear mundos y en este libro mujeres que no existen. Nos detalla la Rutina, el agotador horario de madre y concluye que la maternidad es complicada aunque la vendan como algo maravilloso. Es verdad, dice, que dar vida es una experiencia increíble y defiende las maternidades, sin embargo todas tenemos deseos y el sistema nos coloca, como primero, dejarlos todos para dedicarnos a la maternidad. Vamos a los otros temas de la novela, la desaparición, identidad, hogar… Recuerda que empezó la escritura de este libro en México en 2013 y terminó aquí en 2015. En México desaparecían y morían por la violencia niños todos los días. Había una estrategia política, nos hicieron creer que teníamos que vivir con miedo. Ante la desaparición de un ser amado, qué es lo que hace que estas mujeres salgan de su casa a buscar a sus hijos. A esa pregunta quería dar respuesta a través del lenguaje. Y nos lleva a ritmo rápido mostrando de vez en cuando giros irónicos ante situaciones tan graves así es más nítido el espejo en el que, como sociedad nos estamos viendo. Le pregunta Irene Tamargo cómo caben tantos temas en novelas de ciento y pico páginas. La respuesta es brillante. Dice que los hombres necesitan unas condiciones exigentes para crear: una bella vista, la música de un piano, un aislamiento. Ella, sin embargo, puede pensar en el supermercado, mientras resuelve otras tareas, escuchando a la humanidad y cuando ha hecho todo, se sienta a escribirlo para lo que invierte cero romanticismo, escribe en ordenador sin lápiz carísimo ni cuartillas especiales.
Recuerda sus inicios cuando quiso comprobar si era capaz de escribir una novela con todo lo que eso conlleva y de entonces a ahora presentada como una de las que hay que leer. “Así de linda la ficción”, dice. Brenda Navarro, con saltitos inapreciables, nos impulsa de los libros a la vida y al revés. Otro de sus temas, la migración. La historia familiar y la herida de quienes viven entre países y entre sueños. Como mexicana, dice, «tenemos un vecino en el Norte… incómodo, que nos está haciendo la vida complicada por decirlo suavemente”. Cuenta que todos los que ella conoce tienen algún familiar que marchó a Estados Unidos. Cuando llegó a España, ella se sintió en el otro lado. «Yo era la mexicana”. Relata lo que ella veía y sentía en Madrid, en el Parque Berlín por ejemplo. Allí se sentaba y observaba que mujeres como ella, de su procedencia o características físicas, estaban uniformadas y cuidaban niños rubiecitos. Aquellos niños de 3 años mandaban sobre ellas. Se sintió privilegiada, pero al mismo tiempo, incómoda. Pienso ahora en la consigna tan agitada, y parece que de moda, de la prioridad nacional y me pregunto si quienes la esgrimen no tienen ninguna relación con migrantes que les están solucionando u ordenando su vida. Pienso en la hipocresía de las personas y en la inutilidad de la burocracia, en las formas de poder y las sofisticadas y ‘legales’ expulsiones del sistema, en el arrinconamiento y negación de derechos humanos.
Brenda Navarro sonríe y dice que ella cuando es preguntada por su origen dice que es madrileña porque le gusta provocar con lo que pone en su DNI. Entre risas añade que piensa que hay muchos del virreinato de la nueva España que se quedaron en Madrid. Se peleó con España por este trato y obstáculos a migrantes y agarró la historia de un chico que se lanzó de un piso. Pensó que era migrante y no, era gallego. Contó la historia, creyó que se iba a pelear y le dieron tres premios. Estas pequeñas risas entre problemas de tanto calado nos alivian.
El asunto que viene ahora no es para relajar. El suicidio y la salud mental de la sociedad en general. En Ceniza en la boca un chico de 14 o 15 años quiere acabar con su vida y una persona mayor también quiere dejar de vivir. Contrapone dos grupos de edad, adolescentes y mayores, grupos vulnerables y relegados a la hora de tomar decisiones. No son productivos en esta sociedad opresora y se les niega el derecho a decidir sobre su vida. Hay que tener responsabilidad como sociedad , pero quería que se fijaran en las vulnerabilidades. En cuanto a los jóvenes, «deberíamos preguntarnos qué están pensando porque les estamos dejando un mundo desastroso”. Me conmueve esta pregunta que es mía muchas veces. Ojalá haya una ola de conmovid@s que arranque alguna acción positiva. Felisa nos está dejando una larga lista de motivos para la reflexión, el debate y en todo lo que se pueda, el activismo.

Pasamos al Cine. Explica, como antes hizo con el cambio a raíz de su primera novela, el horizonte de la gran pantalla. La película basada en Ceniza saldrá en octubre, desde el punto de vista de Diego Luna, un hombre, y se muestra muy contentísima. No ha intervenido, ella tiene y sabe cómo es su libro y Diego Luna sabe cómo es su película. “Yo, como dijo mi Agente: toma el dinero y corre”. Le gusta que alguien más se sienta parte de una creación artística y se comparta porque compartir cultura da una visión más plena. Acerca de la lectura entre los más jóvenes, contesta, intuyendo probablemente que sorprenderá, que tiene una hija de 20 años que lee mucho, «se pasa todo el día leyendo comentarios de Tiktok”. Aunque lo sabemos, es bueno repetirlo. Que el lenguaje está vivo, aunque, también es importante insistir, no con nuestros códigos. Esto último cuando criticamos a los jóvenes lo obviamos completamente. Continúa: «si en la adolescencia les prohíbes algo para leer, seguro que lo leerían”. Comparte su experiencia cuando ella cursaba 4° de Primaria y llevó un libro, que en su casa estaba consentido, de sexo… bueno salían tetas. Lo enseñó y fue un éxito, todos lo leyeron. ¿Por qué? Interesó la prohibición y funcionó como estrategia de lectura pues muchos aportaron otras lecturas de provocación. Realmente es necesario el vínculo con la cultura. Nacimos de una ficción, de los griegos… y cuando te inventas, cuando crees en la imaginación, no harás la revolución pero crearás otros mundos que es muy necesario. De las redes sociales cuenta que le dieron el Premio San Clemente, uno en el que los chicos eligen la obra que se premia. Luego ellos están interesados en leer. Por aquellos días estaba de actualidad la noticia de la prohibición de redes sociales para menores. Yo les dije que nos se iban a prohibir, que continuarían usándolas. Y dijeron un “síiii” unánime. “Probablemente —dice— prohibir sea la mejor forma de provocar, pero hay que pelear por la libertad de expresión”. Hay que usar esas redes que utilizan los jóvenes como escucha, más que prohibir. Ella admite que no tiene tanto tiempo para leer y que le apasiona que le cuenten historias bien contadas, eso atrapa su atención. De todas formas no está peleada con libros, vídeos, fotografías, películas. Valora que convivan tantas formas de expresión.
Para el final ha dejado Irene Tamargo el Enjambre Literario. Cuenta que cuando escribió Casas no quería que le editarán mexicanos porque estaba en contra de sus políticas. Entonces envió a dos editores fuera de México y le dijeron que no. Lo puso en un portal y tuvo mucho éxito, así que se vendió a su editora por poco precio, asegura. A ella las redes le facilitaron la visibilidad y eso pasa con Enjambre. La última cuestión es el apoyo a mujeres y feminismo. Es la que le lleva más silencio elaborar la respuesta. Cuando la tiene, dice que se está cayendo en dogmas, bien y mal, blanco y negro y ella cree en matices que en este momento debemos encontrar. Buscar puentes de conversación ya que tenemos problemas enormes que se difuminan por posicionarnos tan inamoviblemente. Nos debemos preguntar qué derechos estamos dando a niñas y niños. No quiere la igualdad de esclavitud que en algunos casos tienen los hombres ni tener su salario de mierda. «Que todas las personas tengamos los mismos derechos migrante o no» es su mensaje final.
La Plaza de la Palabra está llena, como todas las tardes. Este éxito no es casual, es debido al incesante y comprometido trabajo de un equipo que intuyo no tiene reloj ni vida propia durante estos días y otros más salpicados por el calendario. Una programación abierta, diversa, que busca satisfacer a tod@s y viendo cómo día a día se llenan todas las sillas, lo consiguen. Viene INMA PELEGRÍN, otra poeta que estrena con premio su primera novela. Presentada por Pedro Cortés. Nos dice de ella que es de Lorca (Murcia), que ha recibido por Fosca el premio Lumen, que viene de la poesía y hace referencia a la foto del perro de la portada y a las palabras murcianas que utiliza, algunas desconocidas aquí. Tras el saludo inicial, Inma Pelegrín dice que se siente refugiada climática, agradece mucho este respiro fresquito en Santander. Explica el significado de ‘fosca’, en Murcia, es tierra del Sáhara en suspensión. El cielo se pone marrón en vez de azul y te impide ver. Dice Pedro que el lenguaje de la novela es poético. Ella ríe diciendo que está bien que la novela tenga lenguaje poético porque de algunos poemas le decían que eran narrativos. Del proceso de escritura confiesa que escribía poesía y hacer una novela era una ilusión, era como ser escritora de verdad. Se apuntó al Club de Escritura Renacimiento y Fosca fue como su trabajo de fin de curso. Me salió a cuenta un profesor y una técnica, ríe. A Pedro Cortés le recordó a Canino, la película. La autora dice que el lugar de la novela existe, es el Camino Catanga o Malvaloca, está en Lorca. Ella pasaba por allí con el coche, había un stop y siempre pensaba que ese lugar tenía una historia. Los personajes sí están inventados aunque basados en personas que conoció en su infancia. Gabriel, el protagonista, tiene prosopagnosia o ceguera facial, afectación que sufre también ella. Es la incapacidad de reconocer las caras de los demás, para la identificación deben fijarse en otros detalles como pelo, gestos. Por esto quería que ocurriera algo para él, un asesinato o algo así, que el pudiera ayudar. Las verrugas también eran frecuentes cuando iba al colegio. El médico estaba lejos o era caro, un lujo así que que se curaban con rezos o remedios naturales. Gabriel no quiere ser como los hermanos o el padre.

Entonces lo masculino estaba muy determinado, ahora por suerte ha cambiado aunque todavía faltan muchas cosas. Nos cuenta que trabaja en un laboratorio y le interesan los venenos y los antídotos. De ahí que aparezca la cebolla albarrana para matar las ratas y que, a pesar de ser veneno, si se ingiere por error lo vomitas y no tiene más consecuencias. Hablando de esto, de cómo surgen las historias cita algo que decía Joan Margarit: «la poesía o la literatura se hacen con la vida”. Las palabras, casi como personaje sugiere Pedro Cortés. Inma Pelegrín dice que es vocabulario de Murcia, unas se utilizan y otras han dejado de usarse porque nombraban trabajos que ya no se realizan. Y cuenta aquí una necesidad que ella tenía, pues al ir por otros lugares de España ella veía que mostraban con orgullo su forma de hablar, algo que no ocurre en Murcia y quería defenderla forma de Murcia de la misma manera. «No hablamos mal, hablamos en murciano» reivindica, «forman parte de nosotros, de nuestra idiosincrasia». Coincido plenamente en el enriquecimiento a través de lo diferente, incluidas las palabras. Pedro Cortés cita Calabobos que presentó Luis Mario aquí el año pasado como un libro con un vocabulario muy local o escritores de la talla de Cela o Delibes. Dice Inma Pelegrín parecerle pretencioso compararse con estos escritores, comenta que El camino le encantó, La familia de Pascual Duarte también con esas condiciones duras de vida y que duran toda la vida. Quizá han estado ahí como música de fondo. Le llega el turno a Sombra. Tiene cuatro perros recogidos y la de la portada se parece mucho a esta Sombra, la compañera de Gabi, la que le da el afecto que no le dan las personas que le rodean, la que le sigue a donde vaya, la que está siempre detrás de él. La ternura y el cariño de la historia está en el animal. Gabriel descubre que los demás y él también tienen una sombra. Sombra, advierte, es la única inocente del libro. De los planes de futuro anuncia que le gustaría escribir un poemario y una novela más. Una lectora la felicita por el libro que leyó en una tarde, a lo que Inma Pelegrín riendo, agradece la felicitación y dice que dura demasiado poco, una o dos tardes y tardó un año en escribirlo. Para ubicar la novela en un subgénero apunta que está catalogada como thriller rural y como novela negra aunque ella no la concibió como novela negra. Sí que hay un asesinato y un niño que está en la investigación que por su prosopagnosia no puede hacerlo. Le gusta que los personajes sean reflejo de cómo somos. Que podría servir para conocernos un poco más y aprender a perdonar porque a veces somos los peores jueces con nosotros mismos. Se despide asombrada y feliz al ver esta plaza llena. Tan distinto ‘el lleno’ del que se encuentra en los recitales de poesía.
Para la noche están PANIAGUA TRÍO y RAQUEL MARTÍN y nos llevan a un viaje sonoro y lírico a través de las tres culturas: musulmana, cristiana y judía. Presenta el repertorio Eduardo Paniagua y nos invita a escuchar textos y música en un tiempo en el que las tres coexistían y la convivencia a veces era viable, otras difícil .Quienes sí sabían convivir eran los filósofos y los sabios y del mejor se sacaba lo mejor. Con instrumentos copia de los medievales escuchamos y hasta olemos esta música que nos acerca la escrita para una fiesta de la circuncision de Túnez, alguna Cantiga de Alfonso X, una jarcha del siglo XI que triunfó por todo el mundo, una canción de amor andalusí o la cantiga de la garza con narración completa. Con este hipotético mundo, uno en el que se soñó una convivencia que ahora nos cuesta imaginar por la crueldad de genocidios, invasiones, dolor y destrucción, con la paz de esta música… intentamos soñar un futuro mejor.


